==> -:::MAGIA Y AMOR:::- <==

==> -:::MAGIA Y AMOR:::- <==

Bienvenido a mi sitio web. disfruta de todo su contenido. y no olvides dejar tu comentario!!!

Los Errores del Noviazgo

Escrito por geovanygarcia 25-07-2006 en General. Comentarios (13)

 

http://geovanygarcia.blogdiario.com/img/24.gif   

LOS ERRORES DEL NOVIAZGO

 

INTRODUCCIÓN

 

Las estadísticas de divorcios en nuestra época son cada vez más alarmantes. De cada tres matrimonios, fracasan dos. Es un aspecto en el que todo joven “enamorado” debe detenerse a meditar, haciendo a un lado la creencia de saberlo todo.

 

Gran cantidad de hombres se unen enajenados por esa atracción sexual tan poderosa, sabiendo que en el lecho nupcial ya no tendrán que reprimirse, y muchas mujeres se casan por la seguridad que garantiza ese nuevo estado civil.

Muchos matrimonios que han comenzado por un mal noviazgo, casi siempre terminan en divorcio. “Los matrimonios malos, son productos de malos noviazgos”

En la juventud se siembra; en la madurez se cosecha. Resulta curioso, pero quienes juegan con los sentimientos fingiendo amor a dos persona a la vez, cada vez que se habla de matrimonio, suelen perder el control y tarde o temprano terminan uniéndose a la persona equivoca. Los liberales deciden casarse solo bajo los efectos de un arranque de apasionamiento o idealización. En cambio, quien ha tratado con respeto al amor, logrando relaciones constructivas, tiene más elementos para escoger adecuadamente. En el noviazgo esta la clave de la felicidad o la desdicha, de casi toda nuestra vida útil. Una visión poco profunda de esta importantísima etapa.

 

LOS DOS ERRORES DEL NOVIAZGO

Primer error: idealización

 

Pocos fenómenos son tan usuales en la juventud como los espejismos del amor. Muchas personas se casan creyendo que están enamoradas, como los peregrinos del desierto llegan a creer que a unos metros hay un oasis, idealizar es equivalente a ver espejismos. Perdemos los estribos por alguien que ni siguiera conocemos bien, lo miramos acercarse y sentimos como nos flaquean las piernas y nos palpita el corazón. Vemos al príncipe o la princesa de nuestros sueños encarnado en esa persona y le atribuimos cualidades que por lo común, ésta muy lejos de tener, quisiéramos que fuera como la hemos imaginado y nos empeñamos en ello; pero todo es una invención.

Al detectar el error, a veces racionalizamos diciendo que la nos encargaremos de hacer cambiar a esa persona, pero nadie debe pretender hacer cambiar a su pareja, al empeñarnos en ello sólo conseguiremos hacerla sentir incómoda, insegura y con temor al rechazo, finalmente, no sólo no la cambiaremos, sino que terminaremos haciéndola perder las cualidades que inicialmente nos gustaban de ella.

 

    El amor ideal destruye el corazón porque no existe.

    Sólo se ama cuando se conoce a la persona a nivel profundo. Para ello, es necesario cultivar una amistad real.

    El amor verdadero no es ciego, la idealización si.

 

Así que debemos tener cuidado si suponemos que mágicamente cupido está tocando las puertas de nuestro corazón. Tal vez se trate de una idealización… Y no hay nada más doloroso despertar de una realidad cuando es demasiado tarde.

 

Segundo error: premura pasional

 

A esta equivocación juvenil se le deben la mayor parte de los fracasos matrimoniales. Ocurre en los noviazgos superficiales, donde no hay idealización pero si una urgencia de ser querido y admirado. La relación se da con premura, basada en aspectos aparentes. Nos gusto físicamente y emprendemos la conquista de inmediato. Este tipo de vínculo es agradable por peligroso. Mientras más rápido más riesgoso.

La mayoría de los anuncios de televisión nos muestran una escena de enamoramiento instantáneo. Este concepto de superficialidad se está convirtiendo en nuestro estilo normal de noviazgo. Es excitante de momento, pero vacío. A quien disfrute arriesgando su integridad, de esta forma de romance le dará lo que busca; pero quien desee una relación constructiva debe evitar prisas. Algo que se puede ver, es que los noviazgos así de rápido como comienzan igualmente terminan.

 

Un noviazgo destructivo puede reconocerse porque:

 

a)     Está basado en atributos físicos. Cuando tu pareja cambia de peinado o usa ropa desagradable, ¿Sientes que la quieres menos?, ¿te entusiasma demasiado lucir ante otros su belleza?, o por el contrario, ¿prefieres reuniones sociales en su compañía para evitarte la vergüenza de ser visto por alguien no muy favorecido; ¿si tu novio o novia sufriera un accidente que le produjera una irreparable marca, tu amor se terminaría?, ¿de qué estás enamorado o enamorada?.

b)    Se acompaña de una gran impaciencia sexual. ¿Tienes constantes deseos de besar, abrazar, sentir la cercanía de otro cuerpo cálido?, ¿no concibes una cita en la que tu pareja y tu sólo platiquen o convivan?, ¿La razón principal y única de estar juntos es encenderse con besos y carcicias?, ¿El noviazgo avanza paso a paso hacia la relación sexual irremediable?. Una señal inequívoca de que se trate de un apasionamiento es la urgencia de caminar aprisa en el aspecto erótico

c)     Se presenta con excesos de celos y búsqueda de control. “¿Dónde anduviste ayer?” , ¿por qué no me llamaste por teléfono?, ¿Con quién hablabas en la calle esta mañana? Son algunas de las preguntas que hace una persona que se siente dueña de la otra. El verdadero amor no requiere ese control, no asfixia, no quita la libertad. Nadie es dueño de su pareja. Ni siquiera los casados.  

 

 

Si tu noviazgo ha sido rápido, lleno de emociones encontradas, si surgió como una explosión, si está basado en el fuego corporal, si te exige una constante confirmación de que eres amado, haz una pausa para reflexionar. Este tipo de relación es como un poderoso narcótico, te impide tener una visión objetiva, te hace suponer que has hallado a la persona adecuada cuando sólo tienes frente a ti a un individuo común.

 

    El amor real no lleva prisa y esta basado en el conocimiento profundo de la otra persona; en la aceptación de sus virtudes y defectos.

    Tal vez, si conocieras en verdad a tu novia o novio, te darías cuenta de que no la amas.

 

Los tres pilares del amor

PRIMER PILAR: INTIMIDAD EMOCIONAL

 

La intimidad emocional se da sólo mediante comunicación profunda. Al compartir sentimientos, al hablar con  el corazón, al exteriorizar dudas. Temores, ambiciones, sueños, preocupaciones, alegrías, penas, al confesar defectos; al mostrar a la persona amada el lado oculto de nuestro ser. La intimidad emocional es confianza absoluta, complicidad, integración, alianza. Cuando existe se detecta el verdadero estado de ánimo del compañero (desapercibido para los demás) aunque no hayan palabras de por medio, y cuando éstas se usan, se hacen de forma única y especial. Los problemas se disuelven cuando aún son incipientes porque, al discutir, se procura no causar daño, no herir. La “verdad” es el común denominador entre dos personas con intimidad emocional. La autoestima de ambos se ve grandemente favorecida pues saben darse su lugar uno al otro, saben demostrarse aprecio y confianza sin límites. La comunicación profunda les permite no volver a sentirse solos, les da sentido a su mundo interior, propicia la formación de un universo exclusivo, cuando se alejan, ambos piensan y hablan bien de su pareja.

Cuando estamos frente a una persona, podemos fingirle cariño, pero una vez lejos de ella, sabemos muy bien cuales son nuestros verdaderos sentimientos; de modo que si en la soledad juzgas a tu pareja como tonta, inmadura o torpe; si te ríes un poco de su recuerdo y, en ocasiones, hasta compartes esas burlas con tus amistades o familiares, no existe en absoluto intimidad emocional, incluso a nuestros amigos los criticamos y nos consideramos sus “amigos”. Millones de matrimonios pasan la vida sin verdadera comunicación profunda, charlando sólo sobre asuntos superficiales, los niños, el trabajo, la economía. Por ocuparse de lo evidente olvidan lo fundamental. Se dice que los hijos unen al matrimonio, pero es una gran mentira. Los hijos producen distracción y funcionan para los conyugues como excelentes excusas para evadirse mutuamente; ahora tienen problemas para entretenerse. Por eso muchos matrimonios se disuelven cuando los hijos crecen. Jamás hubo intimidad emocional. La unión fue vacía, falsa, fingida. Un hermoso teatro que tenía como finalidad hacer creer a los demás que se amaban.

 

SEGUNDO PILAR: AFINIDAD INTLECTUAL

 

Las personas no estamos conformadas sólo por emociones, sino también de ideas. Para que alguien se nutra con los pensamientos del otro, se requiere una correspondencia intelectual capaza de permitir puntos de vista complementarios. Las personas pueden tener la capacidad de comunicarse íntimamente, pero si no poseen una estatura racional similar y no se enriquecen mentalmente durante su convivencia, terminaran excluyéndose. Pocas cosas alimentan más la llama del cariño que aportar ideas valiosas, desapercibidas para el otro.

En la medida en que alguien se ame a si mismo podrá amar a su pareja, y la auto aceptación es un concepto que se da en la mente. Sólo siendo madura en al área intelectual es posible aceptar la individualidad e independencia del compañero, evitar los celos, el egoísmo, la posesión. Sólo en el juicio sereno y claro es capaz de perdonar, ceder, dar otra oportunidad, aceptar errores y estar dispuesto a permitir imperfecciones.

La moral verdadera no es un producto de prejuicios, sino de razonamiento inteligente. El grado de desarrollo espiritual tiene muchas cosas que compartir; lleva un ritmo de lectura similar, de estudio parecido, de trabajo coincidente, se supera en armonía, crece y se ayuda en forma reciproca. Los novios que son capaces de estudiar y hacer sus  trabajos de verdad, son mucho más fuertes en su relación que los demás.

 

TERCER PILAR: ATRACCIÓN QUÍMICA

 

Si dos personas tienen intimidad emocional, son amigos; si además se complementan  en ideas, son colegas. Pero falta un último punto para ayudar el lazo del amor, también deben poder llegar a ser amantes. Para logarlo no es suficiente la atracción física. Podemos conocer la belleza de una persona sin sentir ninguna atracción hacia ella. Lo que enciende el magnetismo entre dos individuos no es un fenómeno físico, sino químico. Sólo de da entre algunos. Talvez no se trate de gente bonita, pero la química les permite ver más allá de lo visible y arder con la belleza que sólo ellos detectan. La atracción química, como toda energía es susceptible de transformarse en repulsión. Lo que al principio atrajo puede ser cuanto los separe.

 

En conclusión: El hombre está conformado de emociones, inteligencia y cuerpo. La pareja debe tener un enlace adecuado en los tres aspectos. Ahora, recuerden que la relación se hace sólo entre dos. El hombre y la mujer necesitan la cooperación mutua. Una entrega que no es retribuida se convierte en suplicio. Los tres pilares del amor no se canalizan solos, sino en conjunto. La intimidad emocional sólo existe al completar el círculo de intercambio de ideas. La atracción química sólo se da cuando se combinan las vibraciones de ambos. Si alguien cree estar enamorado pero mal correspondido, debe despreocuparse y olvidar. No se trata de de amor. Sólo es un capricho, un invento que terminará destruyéndolo si se aferra a él.

 

 

  http://geovanygarcia.blogdiario.com/img/22.gif

 

 

GEOVANY GARCIA

GUATEMALA, C. A.

Miedo al Abandono

Escrito por geovanygarcia 25-07-2006 en General. Comentarios (6)

 

http://geovanygarcia.blogdiario.com/img/26.gif  

MIEDO AL ABANDONO

(NOVELA)

 

La gente me pregunta si me siento arrepentido por lo que hice y siempre les contesto lo mismo: ¡no, no me arrepiento! Y si tuviera la oportunidad para volverla a matar, la mataría. Y si cien veces pudiera matarla con gusto lo haría. Mi ejecución está decidida para mañana en el paredón de fusilamiento. Se sienten más asustados los demás que yo mismo. Y si es que existe una vida más allá de la muerte y me vuelvo a encontrar con ella, que se cuide porque si en esa vida se puede matar yo con gusto la asesinaría.

En mi vida maté una mosca. ¿Qué digo? Alguien me puede malinterpretar. Mejor aclaro: en mi vida nunca maté una mosca. Y nunca se me cruzó la idea de matar hasta que la muy infeliz me agotó la paciencia y me declaró toda la verdad. Desde hacía días venía diciéndome que ya no quería vivir conmigo, que ya estaba harta de mí, que yo era un bueno para nada, que me aborrecía, que haberme conocido era lo peor que le había pasado (vaya si no fue así).

Yo siempre la rogaba, le pedía que no se fuera, que lo intentáramos de nuevo. Pero no, ella estaba decidida a marcharse. Esa situación duró mucho tiempo, talvez unos dos años. Sin embargo, un día descubrí los motivos que tenía para abandonarme. Me acuerdo perfectamente. Fue un lunes después de Semana Santa. Yo había regresado del taller un poco más temprano que de costumbre y cuando entré a la casa ella estaba por salir con todo y maletas. Con determinación me dijo:

––¡Hasta aquí llegó todo, Eusebio! Ya no puedo seguir viviendo contigo. Me voy para nunca volver.

––Lucrecia, ¡pero no es posible! ¡Tú no me puedes dejar así por así! ¡Si tú me perteneces! ¡Te compré cuando nos casamos!

––¡Yo no te pertenezco! Y por favor no digas tonterías.

––Lucrecia, no te puedes ir.

––Pues me voy, ¡tú ya no me puedes retener!

––¡Pues no te vas!

––Por favor Eusebio, ¡déjame ir!

––No lo voy a hacer ––le dije tomándola del brazo y la jalé hacia adentro.

––¡Suéltame, animal! ¿No ves que me lastimas?

––¡Pues no te suelto! ––le dije––, quiero que te quedes conmigo.

––Por más que me lo pidas no me voy a quedar. ¡Entiéndelo! Te voy a decir algo y espero que entonces me dejes ir. Porque muchas veces me he querido marchar y tú nunca me dejas, pero después de decirte lo que te voy a decir sólo un tonto seguiría conmigo.

––A ver, ¡dilo!

––Eusebio, yo amo a otro hombre. Quiero que entiendas: a ti ya no te quiero.

Cuando escuché eso sentí como si me hubieran echado un balde de agua fría.

––¿Quién es ese hombre?

Ella me miraba como muda. Parecía ya no querer hablar.

––No te lo puedo decir.

Entonces me inventé algo que me dio resultado.

––No pues, si eso sólo me lo estás diciendo para que te deje ir. No voy a caer en tu trampa.

––¿Quieres que te diga quién es?

––Por favor no inventes historias.

––Te lo voy a decir ––me dijo dirigiendo su mirada a través de los cristales de la venta-na––, te recuerdas del hombre que trajiste para arreglar la tubería hace unos cinco meses.

––¡Fito, el plomero!

––Exactamente. Me he visto con él cada vez que tú no estás.

––Así que fue cierto lo que me dijeron el otro día, que habían visto salir de la casa poco antes de que yo llegara a un hombre chaparro, blanco yuca y con cara de mico asustado.

––¡Exacto...! Pero tampoco lo trates así.

––Bueno, ¡ya! Es ese menso. ¿Y luego?

––Y yo te dije que había sido mi hermano que ya estaba por viajar a los Estados Unidos y que había venido a despedirse de mí. Pero no, te mentí. Con Fito he vivido momentos apasionantes.

––¡Eres una desgraciada! ––le dije tomándola del pelo.

––¡Eusebio, por favor tranquilízate!

––¡Qué se tranquilice el diablo! ––le dije––, ¡no saldrás viva de esta casa!

La agarré a mata coche, sin lástima. Cuando sentí ya la había matado. La maté sabiendo al problema que me metía. La maté sin importarme que pasaría el resto de mi vida en la cárcel. La maté sin el menor de los remordimientos.

Sé que esto no es normal. La doctora que ha platicado conmigo aquí en la prisión dice que soy así por la clase de infancia que tuve y talvez sea cierto. Todo lo que viví cuando era niño fue infelicidad, abandono, malos tratos y muchos golpes en la cabeza.

Ahora que recuerdo, ella también afirma que el experimentar con frecuencia, y durante tiempo muy prolongado, episodios de abandono en mi niñez hizo que cuando fuera adulto le tuviera un pánico horroroso al hecho de ser abandonado. La doctora dice que a mí se me juntaron muchas cosas en el momento de hacer lo que hice: miedo intenso al abandono, baja autoestima (medio me explicó lo que significa) y la noticia de la infidelidad. A parte de eso dice que tengo otros problemas que especificó, pero por las palabras que usó y la mala memoria que tengo no puedo mencionar.

En mi desesperación por esconder el crimen, decidí enterrar a mi esposa en el patio de la casa. Luego asesiné al plomero. Lo hice por dos cosas. Primero, porque se lo merecía. Segundo, porque sabía que al deshacerme de él evitaría que alguien se diera cuenta de la desaparición de mi mujer y así yo podría evitar la cárcel.

Cuando los vecinos me preguntaron por ella no supe qué decirles y cometí el error de mencionarles que estaba enferma y que por eso no podía salir. Me preguntaron qué tenía (en el momento no pude contestar, pero luego se me ocurrió algo espectacular que hasta yo me quedé baboso) y les dije que se había infectado de una extraña enfermedad altamente contagiosa y que tuve que viajar hasta la capital a inyectarme para no resultar enfermo también. Hasta les hablé de lo caro de la inyección, de cómo era difícil encontrar el medicamento y de lo incurable de la enfermedad. Todos se quedaron asombrados.

Al día siguiente, me di cuenta de lo efectivo del encubrimiento del otro asesinato. Una señora, en el mercado, entre su plática mencionó que era una lástima que Fito, el plomero, se hubiera ido para los Estados Unidos. Mi rótulo, colocado afuera de la casa del plomero, funcionó: “Me fui pa’ los Estados, pero vayan con don Chepo”.

Me sentía maravillado al saber lo bien que caminaban mis planes, tanto así que decidí invitar a la casa a doña Lora (Lora por cotorra y por llamarse Lorandina). Conseguí una peluca, se la puse a una pelota, medio le pegué un pedazo de plasticina que aparentaba ser la nariz y junto con unas almohadas todo cubierto por una colcha, simulé el cuerpo de mi querida. Le hice a la puerta un pequeño agujero y entonces y solamente entonces fui a traer a doña Lora.

Mi intención al llevarla era que se lo comunicara a cuantas personas pudiera, ya que yo sabía de la pata que ella cojeaba (el chisme). De esa forma iba a tener a alguien que se tomaría la molestia al dar fe de mi versión. La gente sabría que, en efecto, ahí estaba mi esposa enferma. La señora con gusto me acompañó a la vivienda con el fin de ir a mirar a mi mujer (lo que no sabía era que la miraría de lejitos, sólo desde la puerta).

Aceptó mi invitación tal y como yo lo esperaba. Entramos a la casa. Me sentía de lo más confiado porque estaba seguro que mi plan funcionaría. Le dije que se acercara, que llegara hasta la puerta del dormitorio pero que de allí no pasara. La señora, sorprendida, observaba por medio del agujero de la puerta los bultos sobre la cama creyendo que era mi mujer.

––Don Chevo, ¿ella está boca arriba o boca abajo?

––Boca arriba ––le contesté. Recordaba haberle hecho nariz para que resaltara debajo de la colcha.

––¿Y por qué tiene tapada la cara?

––¡Dios mío! ––dije dentro de mí––, ¿por qué no pensé en eso? Por un momento me turbé. Ella lo ha de haber notado. Entonces le dije:

––Por las moscas, doña Lora ––no se me ocurrió otra cosa––, aquí hay muchas moscas.

––Pues yo no veo ninguna ––dijo viendo hacia los lados.

––Ahorita no hay ––le dije con temblor en mis palabras al darme cuenta de que me estaba dando la caída––, pero hace un rato sí habían. Por eso me pidió que le tapara la cara.

––¡Qué raro!

––Pues no es tan raro que se diga ––le dije––, porque el otro día…

––Usted dice que está boca arriba ––me interrumpió.

––Sí, así es.

––Pero me parece que no respira ––me dijo viéndome con incredulidad.

––Claro que respira ––le dije––. Lo que pasa es que usted ya no mira, doña Lora.

––¿Cómo se llama la inyección que se fue a poner a la capital?

––¿La inyección?

––Sí, la inyección.

––¿Qué inyección? ––le pregunté tratando de hacer como que bromeaba.

––Don Eusebio, no estoy bromeando.

––Perdón, fíjese que no recuerdo el nombre. Es bastante raro.

––¿Y dónde está la receta? ¿Me la puede enseñar?

––¿Para qué la quiere? ––le pregunté ya un tanto molesto.

––Solamente la quiero ver. Simple curiosidad.

––Creo que la perdí ––le dije, fue lo único que se me ocurrió.

––A mí se me hace que usted algo está ocultando ––me dijo viendo nuevamente por el agujero.

––Yo no tengo nada qué ocultar ––le dije, preocupado.

––¡Seño Lucrecia! ––comenzó a gritar––, ¡seño Lucrecia, por favor respóndame!

Doña Lora me volteó a ver y con enojo en sus palabras me dijo:

––Yo pienso que todo lo que usted ha dicho son puras patrañas. ¡Déjeme entrar al cuarto!

––¿Cómo va a entrar? ¡Se va a enfermar!

––No me importa si me enfermo, ¡déjeme entrar, se lo pido!

––Es mi obligación cuidar que usted no se contagie.

Entonces sin darme cuenta, la mujer abrió la puerta y cuando sentí ya había levantado la colcha.

––¡Verdad que usted es un mentiroso! ¡Es un farsante! ¿Dígame dónde está la seño Lucrecia?

Eso estaba diciendo cuando le atravesé la soga por el cuello y la estrangulé. Luego me entró un miedo espantoso. Ahora necesitaba averiguar quiénes sabían que doña Lora había llegado a verme. Empecé a recordar quién me había recibido cuando la fui a traer. La única persona a quien recordaba era a la hija. Entonces, la muchacha misteriosamente desapareció.

Nadie se explicaba la desaparición. Varios hombres del pueblo y yo emprendimos la búsqueda. Buscamos de arriba para abajo y nada. Bastante molesto por no haberla encontrado me senté en una roca a descansar. En un momento de lucidez recordé lo que yo había hecho. ¿Qué íbamos a encontrar?, si yo mismo la había aniquilado. Luego la hermana dijo que también la mamá, doña Lora, había desaparecido. Y empezamos a buscar a doña Lora y tampoco la encontramos.

––A saber por dónde andarán paseando y nosotros aquí preocupados ––les dije a los hombres que andaban conmigo en la búsqueda. Todos estuvieron de acuerdo y desistimos del asunto. Dijeron que había que esperar unos días más a ver qué pasaba. Observé que uno de los hombres me miraba de una manera muy extraña.

––Parece que yo lo vi el otro día.

––¿A mí? ––le pregunté viendo hacia los lados para ver quién había escuchado. Afortunadamente, nadie escuchó porque ya se habían ido. Las otras personas que estaban en ese lugar se encontraban algo retiradas, entrometidas en otros asuntos.

––Sí. Yo creo que lo miré hace unos días con doña Lora caminando por la calle.

––Señor, usted está equivocado. Yo muy claramente he dicho que ya tengo tiempo de no ver a esa señora.

––Fíjese que sí. Ya me recordé bien, usted iba con ella. Probablemente usted fue la última persona que la vio.

––Ya le dije que no, ¿estamos?

––Claro que sí, ahora mismo llamo a los demás y se los hago saber.

Apenas había parado de hablar cuando yo lo callé para siempre, gritándole con rabia que nadie me iba a delatar por los demás crímenes que había cometido. Ahí se me complicó todo porque el lugar en donde estábamos, en donde maté al hombre, era el segundo nivel del viejo edificio de la policía nacional.

 

 

http://geovanygarcia.blogdiario.com/img/23.gif http://geovanygarcia.blogdiario.com/img/26.gif